Muchas veces la formulación de preguntas hacia sí mismo resulta agotante porque en la mayoría de las ocasiones no se obtienen respuestas. Se pudiera decir que las afirmaciones anteriormente enunciadas pudieran ser ideas predecibles; debido a que al ser uno mismo el que se cuestiona difícilmente podrá obtener una respuesta por sí solo. Indudablemente es el deseo de búsqueda y de saber algo más, pero qué tan molesto puede resultar hacerse una pregunta para la cual no se tiene la respuesta, o al saber que no se tiene la respuesta ¿cuál es la finalidad de formularla? Extremadamente molesto se podría pensar, porque el no obtener una respuesta a una duda deja una sensasión de infelicidad y miseria. Tal vez esto pueda resultar debatible hasta cierto punto, porque el grado de afectación sobre ello no es igual en todas las personas. La despreocupación o indiferencia puede ser un pase directo a la felicidad. Pero - ¡ay! de los incrédulos y quisquillosos que tienen de por vida la tarea de interrogarse. Con el ceño fruncido siempre están pensando el "por qué" de algo y ante la infructuosa respuesta "no hay respuesta" terminan con el rostro arrugado, hartos y cansados. sábado, 31 de octubre de 2009
Divagante
Muchas veces la formulación de preguntas hacia sí mismo resulta agotante porque en la mayoría de las ocasiones no se obtienen respuestas. Se pudiera decir que las afirmaciones anteriormente enunciadas pudieran ser ideas predecibles; debido a que al ser uno mismo el que se cuestiona difícilmente podrá obtener una respuesta por sí solo. Indudablemente es el deseo de búsqueda y de saber algo más, pero qué tan molesto puede resultar hacerse una pregunta para la cual no se tiene la respuesta, o al saber que no se tiene la respuesta ¿cuál es la finalidad de formularla? Extremadamente molesto se podría pensar, porque el no obtener una respuesta a una duda deja una sensasión de infelicidad y miseria. Tal vez esto pueda resultar debatible hasta cierto punto, porque el grado de afectación sobre ello no es igual en todas las personas. La despreocupación o indiferencia puede ser un pase directo a la felicidad. Pero - ¡ay! de los incrédulos y quisquillosos que tienen de por vida la tarea de interrogarse. Con el ceño fruncido siempre están pensando el "por qué" de algo y ante la infructuosa respuesta "no hay respuesta" terminan con el rostro arrugado, hartos y cansados.
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